#Editorial: Morricone y Williams, dos titanes del guión musical, premiados

A principios de este mes de junio de 2020 se hicieron públicos varios de los galardonados con el Premio Princesa de Asturias, entre los que destacan, desde el foco de esta web, Ennio Morricone y John Williams en la categoría de Artes. Morricone y Williams, los dos únicos compositores de música de cine con ecos aún a la llamada Era de Oro de la música (años 30-50 del siglo pasado), donde compositores de la talla Alfred Newman, Míklos Rosza, Bernard Herrmann o Dimitri Tiomkin, provenientes de salas de conciertos, óperas, o teatro musical, irrumpían en Hollywood con luz propia. Morricone y Williams, quienes por sí solos ya serían merecedores del galardón (y de todos los galardones que pudieran dárseles). Morricone y Williams, quienes a sus 91 y 88 años, uno retirado recientemente y el otro aún en activo, han sido un auténtico estandarte del cine europeo y norteamericano respectivamente.

Ennio Morricone y John Williams

Son 50 años de puro oficio, pura música, puro cine (porque las bandas sonoras no son simple música ambiental, son un guion musical), y más de 500 bandas sonoras escritas entre los dos, donde sin duda las 400 de Morricone hacen enmudecer a cualquiera, pero donde las más de 100 de John Williams son increíblemente significativas, estando 52 de ellas nominadas al Oscar.

No puede entenderse el cine de los últimos 50 años sin John Williams ni Ennio Morricone. Ni la ciencia ficción y la fantasía norteamericana, ni el intimismo y el spaghetti western europeos serían lo que han sido sino fuera por las mentes de estos dos genios. Y es que con ellos acabará una forma de entender no sólo la música de cine, sino de entender el cine, y entender la música, como entes individuales que, congeniando sus potenciales narrativos, logran un todo de más valor que la suma de sus elementos.

Como ya dije en otra ocasión, respectiva al concierto de la gira The World of Hans Zimmer, si hay una figura equiparable a la de rockstar del mundo de las bandas sonoras sin duda es la del compositor alemán. Pero esta rockstar apareció por sorpresa en el escenario del Palau Sant Jordi esa noche para entonar el tema de Inception guitarra en mano, y con una camiseta de Ennio Morricone. Gesto que tiene mucho significado. Mucho más del que parece a simple vista. Mucho más prolífico y variado que Williams, Morricone brilló sin duda en el género del spaguetti western sobretodo de la mano de la “trilogía del dolar” de Sergio Leone, pero también el cine de Bernardo Bertolucci y de Pier Paolo Passolini, sin dejar pasar por alto el giallo de Dario Argento, fueron testigos de la gran labor del compositor italiano. En Europa trabajó para directores de la talla de Tornattore en Cinema Paradiso (1988) y Almodóvar en ¡Átame! (1989), y Brilló en sus esporádicas participaciones en Hollywood con Brian de Palma (The Untouchables, Los Intocables de Elliot Ness, 1987), Wolfgang Petersen, Barry Levinson, en The Thing (La Cosa, 1982( de John Carpenter o incluso con Polansky (Frantic, Frenético, 1988), siendo The Mission (La Misión, 1986) de Roland Joffé el exponente más inmortal de su música. Y cómo no, con Tarantino como especial fan suyo, quien lo acosó empresarialmente hasta que en 2015 logró que le compusiera la banda sonora de The Hateful Eight (Los Odiosos Ocho). Algo parecido ocurrió con Hideo Kojima, el creador de la franquicia de videojuegos Metal Gear Solid quien batalló hasta conseguir regrabar una pieza de Morricone, la balada de Sacco y Vanzetti (1971), para la cuarta entrega, Guns of the Patriots (2004). Hasta aquí llega la fama de Morricone, y siempre sin negarse a irse de su Roma natal, y sin saber nada de inglés.

John Williams sin duda le va a la zaga, pero curiosamente en un sentido complementario. Ni mejor ni peor. Si Morricone no entendía de críticas, Williams devino un Strauss del siglo XX: no inventó nada, pero cambió las normas musicales y la perspectiva de la época, logrando un sinfonismo ya oído antes (heredero de su maestro Korngold y del ya citado Rozsa) pero llevado a un lenguaje cinematográfico nuevo, con melodías recordables y tarareables, algo en lo que pocos compositores de cine habían caído hasta ahora. Melodizar al nivel empático de Aaron Copland o Ferde Grofé, llevando el concepto de leitmotif a seña de identidad cinematográfica acompañada de grandes orquestaciones al estilo de grandes como Wagner, Tchaikovksy, Elgar, Stravinsky, Mahler o Holst. Ése ha sido el secreto del compositor preferido de Spielberg, Lucas, Columbus y otros grandes directores especializados en cine fantástico y familiar de los años 80-90. Gracias a ese estilo tan poco personal y a su vez tan propio de Williams, sus fanfarrias para Superman, Indiana Jones o Star Wars son casi música popular, así como los épicos temas de Jurassic Park, Harry Potter, E.T., Jaws (Tiburón), llegando a convertirse en el compositor más conocido y tarareado de la historia del cine moderno, así como el autor de bandas sonoras más interpretado en salas de concierto en la actualidad, como ocurre con la flamante Orquestra Simfónica Camera Musicae, quien desde hace algunos años le dedica un concierto especial en sus temporadas en el Palau de la Música Catalana de Barcelona.

Ambos han logrado lo que parecía imposible: han creado cine con su música más allá del propio film para el que han compuesto. Y por eso ambos, en sus complementarias disciplinas y misiones cinematográficas, son justos merecedores de los mayores reconocimientos.

Sus narrativas musicales cobraron un nuevo nivel, independiente y remarcable, con vida propia incluso fuera del celuloide para asentarse en salas de concierto, con su espíritu cinematográfico intacto pero enfatizando su belleza compositiva. Y eso ha sido vital para lograr, de una vez por todas, que la música de cine deje de ser considerada música sinfónica menor.

Incluso, seguramente, impulsado por su propio maestro Eric Wolfgang Korngold (a quien no le temblaba el pulso a la hora de componer óperas, sinfonías y bandas sonoras con el mismo nivel de exigencia y dignidad en los años 30-50 del siglo pasado), John Williams ha invertido personalmente un extenso tiempo en transcribir sus bandas sonoras en formato concierto para orquesta sinfónica, de cámara, bandas e incluso cuartetos. Prueba de ello es el concierto cinematográfico en formato minimalista del cuarteto de cuerda de la Orquestra Simfònica del Vallès que cubrimos hace un par de años, donde tanto Ennio Morricone como John Williams fueron homenajeados mediante La Misión y La Lista de Schindler, con la flamante voz de Salvador Vidal teatralizando maravillosamente la velada:

Todo eso ha desembocado en un momento que marca un antes y un después: cuando el prestigioso sello Deutsche Gramophone decidió elaborar un CD en 2019, reseñado y alabado en esta web, donde el propio Williams arregló su música al formato de concierto para violín y orquesta para una intérprete de primerísimo nivel como es Anne-Sophie Mutter; un honor que eleva (por fin) el statu quo de la música de cine a la música sinfónica de más alto nivel. Sólo espero que las nuevas generaciones, intoxicadas por el efectismo sonoro de un Hans Zimmer (que, para bien o para mal, ha cambiado la naturaleza de la música de cine con un estilo propio brutal, pero demasiado demandado y burdamente imitable), no echen a perder este recién ganado prestigio.

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