#Editorial: Hans Zimmer PRE, Hans Zimmer POST

Con la reciente reseña de los esbozos que Hans Zimmer y su equipo de compositores crearon para, a partir de ellos, construir la banda sonora de X-Men Dark Phoenix (2019), uno se pone a pensar en la importancia del propio proceso de composición aparte del resultado final de la música resultante. Y es que el propio Zimmer editó y publicó en digital bajo el nombre de Xperiments from Dark Phoenix (2019) los sketches, así como en forma de suite de 28 minutos se publicó el material primigenio de Man of Steel (2013) en su edición deluxe, o las suites de la edición Illuminated Star Projection de Interstellar (2014) como Tick-Tock Day One (original demo). Y resulta que dichos esbozos son casi más interesantes que las propias composiciones finales, siendo un añadido de lo más valorado.

En una banda sonora no importa tanto la música como el valor añadido que ésta tiene como guión y como fuera narrativa, acompañando no tanto a las imágenes como al relato. No obstante, estos esbozos permiten ver dicha música desde otra perspectiva: la de “función sin aplicación”, en un estado primigenio y únicamente como función narrativa, sin imagen alguna a la que acompañar (error masivo de lo que se cree es una banda sonora).

Ya hablé en otro editorial anterior de la fuerza narrativa del leitmotif, y aquí vuelve a ser esencial ver cómo en Xperiments from Dark Phoenix se plantean dichos leitmotifs y paisajes sonoros como precisamente eso, experimentos sonoros con los que dotar de personalidad a la música. Y en eso, Zimmer es un experto. Sí; nunca compondrá nada tan musicalmente complejo ni bello como lo que hacen Williams ni Morricone, ni tampoco como hacen Giacchino o Desplat, o como hacía el aún añorado Horner. Pero tampoco estos compositores juegan en la liga de la sonoridad sino la de la orquestabilidad. Es impensable imaginar estos grandes del sonido sinfónico hacer nada remotamente parecido a Crimson Tide (1995), The Dark Knight (2008) o Interstellar (2014).

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Sólo hace falta oír la Superman March de WilliamsWhat Are You Going to Do When You Are Not Saving the World? de Zimmer para ver que son dos enormes temas, pero que apenas tienen nada en común salvo la esencia épica que emanan ambas. No en vano a inicios de año se planteó justamente un concierto sinfónico con música de ZimmerWilliams, acabando cada parte con “su” Superman.

Y del mismo modo, así como este 2019 nos ha permitido ver el trabajo previo de Zimmer en Dark Phoenix, también nos ha permitido observar la evolución de su sonido con el remake de Lion King (2019), donde como ya dijimos, el alemán ha incorporado sonoridades más solemnes más en la línea de Inception (2010) o incluso The Prince of Egypt (1998) y ha hecho un uso narrativo más complejo e importante del tema de Mufasa para enfatizar la evolución de Simba. Si a eso le sumamos las versiones demo de ciertos pasajes de la versión de 1994 que se incluyeron en la edición legacy de 2 discos de The Lion King (1994), con la versión de 2019 completamos un amplio espectro de cómo la misma música puede transfomarse, y de cómo una misma banda sonora puede ser narrativamente mejor o peor. Y eso nunca deja de ser interesante, como puede apreciarse en el siguiente video de comparación, tanto visual como sonoramente, de la escena de la estampida:

De hecho John Williams lleva décadas haciendo lo mismo con sus propias bandas sonoras pero orientándolas a recitales, incluso en el reciente Across the Stars (2019) que reseñamos aquí, donde adapta su música a conciertos para violín y orquesta. Algo que Zimmer ha hecho esta década con medleyssuites de sus bandas sonoras en sus giras Hans Zimmer Live (2017) y World of Hans Zimmer (2019), esta última de la cual reseñamos tanto el doble CD del concierto como el propio concierto. Y si nos vamos a la otra zona del mundo donde se aman las bandas sonoras y se idolatran sus compositores (Japón), Joe Hisaishi hizo durante años, sobretodo sobre su música para Studio Ghibli, lo que Zimmer ha hecho ahora con sus Xperiments from Dark Phoenix: comercializar los llamados image albums, o la música preliminar basada en los storyboards donde Hisaishi ya trabajaba en leitmotifs e incluso en música que podría ser desechada finalmente. Todo eso paralelamente a los mismos pasos que John Williams, adaptando muchas de sus composiciones a piano y a suites sinfónicas. Cómo olvidar ese brutal concierto de casi 2 horas, Joe Hisaishi in Budokan – Studio Ghibli 25 Years Concert, o la magnífica Mononoke Hime Symphonic Suite con ese Journey to the West, bello hasta decir basta en su versión original, convertido aquí en un hermoso canon con flirteos a la fuga en su ecuador:

Con todo, es obvio pensar y asumir que una banda sonora sin película a la que acompañar (o producto audiovisual) pierde su capacidad narrativa, “perdiéndose” en ser “sólo” música. Y de hecho no deja de ser cierto; una banda sonora no está hecha para ser oída, sino “vista”; no es música al uso, es un guión cinematográfico y como tal debe ser entendida como un todo junto a su producto audiosivual asociado. Otra cosa es que sea muy disfrutable por separado, pero no es su función.

No obstante, cuando una banda sonora logra separarse del guión que debe ser, liberarse de la prisión del tiempo cinemático y convertirse en poema sinfónico o adaptación a concierto, y al mismo tiempo proporcionar no sólo placer melómano sino reminiscencias claras a su narratividad original, dicha banda sonora trasciende a su producto original.

John Williams ha logrado eso infinidad de veces, así como Joe Hisaishi. Pero sin duda, el siglo XXI es de Hans Zimmer.

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