El Requiem de Mozart y la OCM

Con el nuevo programa de la Orquestra Simfònica Camera Musicae a punto de empezar, no encuentro mejor momento para rememorar el último y especial concierto de la pasada temporada: un concierto gratuito en la Catedral de Barcelona en colaboración con su coro, el Cor Francesc Valls, para interpretar el Requiem de Mozart, el KV626 para los entendidos. Y ese apoteósico recital tuvo lugar hace exactamente 4 meses, el pasado 10 de junio de 2018.

Quizá por el renombre de la eterna obra musical de Mozart, quizá porque era en un emplazamiento tan especial como era la Catedral de Barcelona, quizá porque era gratuito, quizá por todo a la vez. Fuera como fuese, fue increíble llegar una hora antes del inicio del concierto y ver una cola gigantesca de gente con ganas de vivir ese acontecimiento. Tanto que temí no poder entrar. Fue maravilloso oír de la propia organización del evento que la afluencia de público superó con creces lo esperado: yo mismo tuve que vivir el recital de pie al lado de una pila bautismal, los bancos estaban llenos, inclusos los que no tenían visibilidad al escenario y tenía que mirarse el concierto a través de unas pantallas estratégicamente posicionadas por la Catedral.

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Con algo de retraso, completamente comprensible por la gran cantidad de público extra que debía ser colocado, salieron al escenario el coro Francesc Valls y la sección de cuerda de la OCM con un pequeño destacamento de su sección de metales y vientos. Luego los cuatro solistas de la noche: la soprano Irene Mas, la contralto Gemma Coma-Albert, el bajo Sebastià Peris y el tenor Roger Padullés (ex-miembro de la Escolania de Montserrat a quien podemos ver en el reciente videoclip de la pieza de Albert Guinovart “Veus Cants i Llum” con Ivan Labanda y la Escolania). Finalmente, Salvador Mas, el principal director invitado por la OCM, apareció en escena y comenzó el concierto en ese escenario tan apoteósico como es la Catedral.

Vesperae solennes de confessore, KV 339

Pero en este maravilloso recital el requiem no estaría solo. Previamente, el programa ofrecería una pieza sacra del propio Mozart llamada Vesperae solennes de confessore, KV 339, que compuso durante su etapa como compositor oficial de la corte del príncipe-arzobispo de Salzburgo. Pensada para cuatro solistas, coro y orquesta solemne (esto es, con timbales y metales, no solamente cuerdas), está estructurada en seis movimientos: cinco de los salmos del Antiguo Testamento y el magnificat del Evangelio de San Lucas.

Salvador Mas dirigió a la orquesta y al coro magistralmente, sabiendo a su vez colaborar musicalmente con los cuatro solistas, especialmente en el quinto movimiento, Laudate Dominum, con esa aria para soprano que Irene Mas ejecutó con gran emotividad y precisión. Las cuerdas estuvieron sensacionales en ese plano tan difícil que es el principalmente instrumental pero a su vez en segundo plano, dejando el protagonismo a las voces, sobretodo de ese coro Francesc Valls que nunca había tenido el placer de escuchar pero que bordaron su actuación en esta pieza sacra que desconocía de Mozart pero que me cautivó en esa primera escucha en directo.

 

Requiem en Re menos, KV 626

Estando debilitado por la fatiga y la enfermedad, obsesionado con la muerte desde la de su padre, y habiendo rumores de una vinculación del compositor con la francmasonería, dice la leyenda que el misterioso hombre de negro que le encargó la composición del réquiem en sus últimos meses de vida se convirtió en un mensajero del destino para Mozart, y éste compuso su propio requiem. De aquí el misticismo de una pieza que ya es un pilar de la música universal por su calidad.

Qué decir musicalmente de una composición que se ha ganado ser “el” requiem. Cualquier otra composición basada en la misa de difuntos va acompañada del apellido de su compositor (de Verdi, de Dvórak, de Fauré…), pero si se omite el compositor, es el de Mozart. Aunque se sepa que murió antes de poder terminarlo; fue su discípulo Franz Xaver Süssmayr quien lo hizo, siguiendo las numerosas indicaciones que le dio su maestro antes de fallecer.

Con una predisposición sinfónica parecida a la que requiere Vesperae solennes de confessore (cuatro solistas, coro completo, sección de cuerda continua y una escuadra de metales y vientos formada por trompetas, trombones, fagotes y clarinetes tenor), el Réquiem de Mozart quizá sonó demasiado homogéneo en sonido viniendo consecutivamente luego de los Vesperae, hecho acentuado también por ser ambas obras del mismo compositor. Pero bienvenida sea esa homogeneidad cuando la calidad musical de las obras es tan inmensa, así como la de los intérpretes que teníamos en el escenario.

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Las cuatro voces solistas resonaban celestialmente en el recinto de la Catedral, y el coro Francesc Valls estuvo especialmente brillante en una obra que requiere de un coro capaz de proyectar lirismo, violencia, dolor, épica y alegría, todo a su debido tiempo.

Y qué decir de la orquesta: si en los Vesperae supieron delegar el protagonismo a las voces, en el Réquiem supieron gestionar ese liderazgo compartido. El Introitus fue magistral, y el Kyrie Eleison no hizo sino preparar el terreno para la parte mas grande (en todos los sentidos) del Réquiem de Mozart: la Sequentia. El Dies Irae fue soberbio, seco, épico, y el Tuba Mirum con los cuatro solistas en estado de gracia fue su contraste sonoro ideal. La violencia y el dolor del Rex Tremendae fue palpable gracias al coro, y la solemnidad del Confutatis empalmado con el eterno Lacrimosa, un broche de oro a esa longeva parte. En el siguiente vídeo se puede ver y escuchar vívidamente el Dies Irae y el Lacrimosa, mis momentos favoritos de la Sequentia y casi se podría decir que del Réquiem.

Si la Sequentia puede pecar de algo es de no hacer convivir el coro y las cuatro voces solistas, pero sin duda fue una decisión deliberada: El Offertorium y el Sanctus en modo simétrico, ofrecen piezas corales y corales en conjunción con las voces, y aquí quizá el hecho de que hubiera altavoces en la Catedral para poder llegar a todos los sitios entorpecía el poder discernir todos los matices vocales de la obra. Un (bendito) problema en el altavoz que tenía más cerca y que hizo que dejara de sonar proporcionó la solución, aunque algo tardía. Aún así, queda patente que fue más problema de amplificación que de capacidad de los solistas de sobreponerse al coro.

Casi dos horas en total de un excelente e inolvidable concierto, tanto por su acertado programa como por su brillante ejecución por los músicos como por su mágico emplazamiento. Dio gusto ver a tanta gente y de todas las edades disfrutar de una música tan atemporal como inmensa, e interpretada con tanta calidad y con formaciones y artistas de aquí, de Catalunya.

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Tan sólo recordar que esta magnífica orquesta que es la Orquestra Simfònica Camera Musicae es residente tanto en Tarragona como en el Palau de la Música Catalana, y que su programa de 2018/2019 incluye colaboraciones con grandes solistas instrumentales pero también vocales y coros, e incluso música de cine. Una formación que se atreve con todo, y que goza de pasión y calidad.

 

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